Apreciado presidente, no el mío, sino el de todos los españoles

image (7)

Apreciado presidente, no el mío, sino el de todos los españoles

Apreciado presidente:

No el mío, por supuesto, porque yo no le voté, como tampoco lo haré en esta ocasión. De hecho, jamás he votado a nadie. Es una opción personal, tan legítima como la de quienes acuden puntualmente a las urnas convencidos de que, depositando una papeleta, están decidiendo el rumbo de su país.

Comprendo que usted, debido al trabajo que desempeña, difícilmente pueda compartir mi postura. Al fin y al cabo, los votos son el alimento del que viven usted y los demás representantes de las distintas formaciones políticas. Sin votos no hay escaños; sin escaños no hay gobiernos, y sin gobiernos se termina ese oficio tan particular que consiste en administrar los asuntos de todos mientras se compite por conservar el puesto.

No se lo reprocho personalmente. Simplemente, observo.

Y permítame aclarar algo: no estoy en contra de usted ni de su formación política. Tampoco estoy defendiendo a quienes se sientan en los escaños de enfrente. Mi discrepancia va mucho más allá de las siglas, los colores y las habituales representaciones de ese teatro al que llamamos política.

Es la institución, es la política en sí misma, lo que considero profundamente corrompido.

Una corrupción que no debemos entender únicamente como la comisión de delitos, las comisiones ilegales o los sobres que aparecen donde no deberían. Existe también una corrupción del sistema, de sus incentivos, de sus prioridades y de esa capacidad para convertir el servicio público en una carrera por alcanzar y conservar el poder.

Por eso, tanto los suyos como los otros nos ofrecen, de vez en cuando, un repertorio de promesas, favores, contratos, concesiones y decisiones que, cuando menos, merecerían una revisión mucho más rigurosa. Y algunas veces, como sabemos, las noticias terminan confirmando que no todo era tan limpio como se nos había contado.

No personalizo estas observaciones en usted. Sería demasiado sencillo y, probablemente, demasiado cómodo.

Pero sí voy a personalizar en usted una frase pronunciada recientemente en Dos Hermanas, esa localidad sevillana en la que ha comenzado su particular recorrido electoral, como están haciendo los dirigentes de los distintos partidos por aquellos territorios que consideran más propicios para sus intereses.

Dijo usted:

«Unas urnas llenas las ganan las gentes y las urnas vacías ganan los que mueven los hilos».

Y aquí, apreciado presidente, lamento tener que corregirle públicamente.

Los que mueven los hilos ganan. Si gana usted, ganan. Y si gana la oposición, también ganan.

Porque el problema, señor presidente, es que usted parece presentar las elecciones como si la ciudadanía tuviera ante sí dos posibilidades: votar para que venza la gente o abstenerse para que triunfen quienes mueven los hilos.

Y no, las cosas no son tan sencillas.

Quien decide no votar no está entregando automáticamente su voluntad a ningún partido, ni está firmando un cheque en blanco a favor de poderes ocultos. La abstención puede responder a motivos muy diferentes: desinterés, desencanto, rechazo al sistema o, sencillamente, una decisión personal. Sus consecuencias electorales son otra cuestión, pero no podemos atribuir a todos los abstencionistas una misma intención.

En mi caso, no votar no significa que desee que gobierne usted, que lo haga la oposición o que triunfe una determinada ideología. Significa que no considero que mi participación en ese mecanismo electoral sea la forma adecuada de expresar mi posición.

Pero volvamos a su frase, porque ahí reside el verdadero asunto.

¿Quiénes son esos que mueven los hilos? ¿Dónde se encuentran? ¿Qué capacidad de influencia ejercen sobre los gobiernos? ¿Hasta dónde llega el poder de los grandes intereses económicos, financieros y empresariales sobre las decisiones políticas? ¿Y qué margen de actuación conserva un presidente cuando sus decisiones entran en conflicto con esos intereses?

Estas son las preguntas que, a mi juicio, deberíamos hacernos.

Porque los poderes que condicionan una sociedad no siempre aparecen en una papeleta electoral. No se presentan a los debates televisados, no recorren los mercados estrechando manos y no necesitan pedirnos el voto. Su influencia puede ejercerse a través del dinero, de la propiedad, de la financiación, de la capacidad de presión económica y de las relaciones entre quienes toman las decisiones y quienes disponen de recursos para condicionarlas.

No hace falta recurrir a ninguna teoría extravagante para comprender que el poder político no es el único poder que existe.

Y es precisamente aquí donde su argumento, apreciado presidente, se queda corto.

Usted puede ganar unas elecciones y convertirse en presidente del Gobierno. Puede hacerlo el dirigente de otro partido. Pueden cambiar las mayorías, los ministros, las consignas y hasta el vocabulario con el que se presentan las mismas decisiones. Pero ¿significa eso que necesariamente cambian los intereses que condicionan la economía, las relaciones de poder o las grandes decisiones de Estado?

No necesariamente.

Cambiar a quienes ocupan el escenario no significa que hayan cambiado todos los que se encuentran detrás de él.

Y esto no es una acusación de que exista una única organización secreta que dirija el planeta desde una habitación oscura. Es una invitación a observar algo bastante más concreto: la existencia de poderes económicos y grupos de interés cuya capacidad de influencia no depende directamente del resultado de unas elecciones.

Esos poderes existen en España, en Estados Unidos, en Argentina y en muchos otros países. Su peso, sus mecanismos y su relación con cada gobierno varían, y precisamente por eso debemos investigarlos en lugar de conformarnos con consignas.

Un presidente puede tener capacidad de decisión, y mucha. Puede impulsar reformas, modificar leyes y cambiar el rumbo de determinadas políticas. No pretendo negar esa realidad. Lo que cuestiono es que ganar unas elecciones equivalga, por sí solo, a liberar a la ciudadanía de todas las estructuras de poder que condicionan su vida.

Porque usted, como cualquier otro dirigente político, ocupa un lugar determinado dentro de un sistema mucho más amplio. Y quienes aspiran a sustituirle también tendrán que desenvolverse dentro de él.

Por eso, señor Sánchez, quizá convendría dejar de presentar la abstención como una victoria automática de quienes mueven los hilos y empezar a preguntarse por qué una parte de la ciudadanía ha dejado de confiar en quienes solicitan su voto.

Tal vez algunos no voten porque no comprendan la importancia de las elecciones. Otros lo harán porque están convencidos de que es su deber. Y algunos, como es mi caso, sencillamente no encontramos en la oferta política una razón suficiente para participar.

No todos pensamos igual. Ni tenemos por qué hacerlo.

Lo que sí considero inaceptable es reducir una decisión individual a una especie de colaboración involuntaria con el enemigo. La democracia debería permitirnos votar, no votar, apoyar, discrepar y cuestionar las reglas del juego sin que por ello se nos atribuyan intenciones que no hemos expresado.

Apreciado presidente, usted necesita votos. Sus adversarios también. Es perfectamente comprensible: ese es el mecanismo mediante el cual se accede al Gobierno.

Pero yo no necesito votar para observar, analizar y cuestionar lo que hacen quienes gobiernan. Tampoco necesito hacerlo para señalar las contradicciones de quienes aspiran a gobernar.

Y, sobre todo, no necesito creer que el mundo se divide entre quienes votan por el bien y quienes se abstienen para favorecer al mal.

Porque quizá el primer hilo que deberíamos aprender a distinguir es el que nos ata a esa falsa disyuntiva: la idea de que nuestra única capacidad de intervención consiste en elegir periódicamente a quienes ocuparán el poder.

Las urnas deciden quién gobierna. No garantizan, por sí solas, quién ejerce toda la influencia ni en beneficio de quién se toman las decisiones.

Y esa, apreciado presidente, es la diferencia que me gustaría que comprendiéramos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *