El mismo otoño, dos países y dos maneras de vivir el tiempo

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Primera parte. El otoño llega para todos… pero no de la misma manera

Todos sabemos —o deberíamos saber— que el tiempo no es más que una ficción de la mente.

Dicha esta pendejada, me quedo más ancho que largo y ya puedo comenzar a intentar comentar algo sobre este curioso asunto.

Como sabéis, llegó el otoño. Y llegó el otoño porque el divino Apolo alcanzó el grado cero de Libra y, en el argot terrestre, a eso se le llama la llegada del otoño.

Desde el punto de vista astrológico, estamos ante uno de los cuatro grandes umbrales del año: una de las cuatro puertas que dividen el ciclo solar. Y este es un asunto francamente interesante que iremos desarrollando en próximos artículos.

Pero hoy no quiero entrar en demasiadas profundidades. Quiero simplemente mostraros algo curioso.

Tenemos un mismo momento, una misma entrada solar en Libra, pero observada desde dos lugares muy diferentes: España y México.

En el mapa podéis ver las dos cartas. Aproximadamente ochenta y tantos grados de longitud separan ambos lugares. España se encuentra cercana al meridiano de Greenwich, mientras que mis queridos mexicanos están bastante más hacia el oeste, justo debajo de esos «gringos jóvenes» de los que tanto hablamos por aquellas tierras.

Y ahora viene lo curioso.

España

En España, la llegada del Sol a Libra presenta un Ascendente a 18 grados de Cáncer.

Nos vamos a México, miramos cómo anda la raza y nos encontramos con que allí el Ascendente está en 22 grados de Piscis.

Una diferencia considerable para tratarse exactamente del mismo momento.

Y seguimos mirando.

En la casa 1 española tenemos a Marte.

En México, en cambio, encontramos a Neptuno y Saturno.

Otra diferencia importante.

En España tenemos además Júpiter en la casa 2, cosa que siempre es de agradecer, aunque mantenga ese aspecto poco afortunado con la Luna.

Pero ya sabéis: el que quiera perfecciones, que las busque en Alemania.

Bueno… ahora ya tampoco.

Lo de Alemania como motor de la economía europea parece que necesita, cuando menos, una revisión.

Porque los países, igual que las personas y los negocios, tienen sus ciclos. Cuando alcanzan un nivel muy notorio, solo les queda una dirección posible: la contraria a la que llevaban.

Estaban creciendo; llega un momento en que tienen que menguar.

¿A que esto ya lo habéis visto?

En personas, en negocios y también en países.

Sigamos.

México

En México encontramos a Quirón prácticamente sobre la cúspide de la casa 2.

También es interesante.

Y tenemos a nuestro amigo Urano en la casa 3, dispuesto, como siempre, a marear un poquito la cabeza y a empujar hacia cuestiones relacionadas con la tecnología.

Llevo años diciéndoles:

«Vamos a entrar en el mundo.»

No es que México tenga un nivel tecnológico extraordinario en todos los ámbitos, ni muchísimo menos. Pero, cuantitativamente, y afortunadamente para ellos, todavía podríamos decir que viven un poco alejados de determinadas cuestiones que en otros lugares nos tienen bastante entretenidos.

Seguimos avanzando.

Marte está en la casa 5, acompañado por la Parte de la Fortuna.

Júpiter aparece en la casa 6.

Y llegamos a la casa 7.

Aquí empieza otra diferencia curiosa.

En México encontramos al Sol y a Mercurio.

En España, en cambio, tenemos a Plutón enfrentado a Marte.

Uy.

Aquí vamos a tener movida.

Y no hace falta que diga mucho más.

La Luna española está en la casa 8, otra posición que no resulta precisamente tranquilizadora, especialmente teniendo en cuenta su oposición con Júpiter situado en la casa 2.

Y aquí podríamos enlazar con algunas de las cosas que desde Observatorio Tesalia llevamos meses comentando sobre la situación económica.

Pero dejemos eso para un momento y sigamos recorriendo las casas.

Porque todavía queda bastante por ver.


Segunda parte. Cuando el otoño también habla de economía

En la casa 9 española, prácticamente sobre la cúspide, encontramos la Parte de la Fortuna.

Estupendo.

Avanzamos.

En la casa 9 mexicana no tenemos planetas. Allí encontramos Escorpio, signo que, por cierto, los mexicanos saben manejar como nadie.

Y llegamos a la casa 10.

Aquí empieza nuevamente la fiesta.

En la casa 10 española tenemos a Neptuno, a Saturno —que tampoco es precisamente una visita que venga a alegrarnos la tarde— y, ya hacia el final de la casa, encontramos a nuestro amigo Quirón, en los últimos grados de Tauro.

El amigo Quirón, nada menos que en el grado 29.

En México, mientras tanto, aquel Urano que encontrábamos en la casa 3 aparece en España en la casa 11.

Y llegamos a la casa 12.

En España no tenemos aquí nada especialmente destacable.

En México, en cambio, aparece el Nodo Norte.

Y aquí vamos a parar.

No porque no haya más cosas que mirar, sino porque tampoco quiero convertir este artículo en una clase de astrología. La intención era mucho más sencilla: mostraros cómo un mismo instante puede presentar una configuración completamente diferente dependiendo del lugar desde el que lo observemos.

Y esto nos permite volver al principio.

Porque además de las diferencias astrológicas hay algo que siempre me ha llamado poderosamente la atención cuando comparo España y México.

El idioma.

Yo bajo de un avión en México y me entiendo con todo el mundo.

Con los camareros, con las señoritas, con los caballeros, con la gente de la calle… con todo el mundo.

Y eso que he recorrido unos cuantos miles de kilómetros.

Aquí, en cambio, cojo un avión, hago una décima parte de esos kilómetros, me voy al país de al lado y ya empezamos con los problemas.

Los gabachos…

¿Qué voy a entender yo de los gringos?

Y si me voy a Grecia, ¿para qué te voy a contar?

Y así podríamos continuar.

Es curioso, ¿verdad?

Nos podemos alejar miles de kilómetros en longitud y seguir entendiéndonos perfectamente.

En cambio, en ocasiones damos cuatro pasos y ya no somos capaces de entendernos con el vecino.

Y quizá ahí esté una de las pequeñas bromas que nos hace el tiempo y el espacio.

Porque al final, tiempo y espacio son una combinación bastante más interesante de lo que parece.

El mismo Sol.

El mismo instante.

El mismo otoño.

Dos lugares distintos.

Y dos maneras completamente diferentes de vivir ese mismo momento.

Así es el tiempo. O, mejor dicho, así es esa curiosa ficción que nosotros hemos inventado para intentar ordenarlo.

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