
Parece ser que el karma decidió esta madrugada que ya había dormido bastante. Así que, sin consultarme y demostrando una vez más que la democracia no parece ser una de sus virtudes, decidió despertarme.
Andaba yo en aquellos momentos inmerso en una pequeña crisis existencial.
Para un Piscis esto no es especialmente grave. Es, digamos, una actividad bastante cotidiana. Uno puede levantarse perfectamente a las cinco de la mañana preguntándose por el sentido de la existencia, por qué el universo permite determinadas cosas o, sencillamente, por qué demonios se ha despertado.
Así que no os preocupéis por mí.
El asunto que me rondaba la cabeza tenía que ver con algo que he estado observando estos últimos días: las calles de este país llenándose de personas que gritan aquello de:
**«¡Yo soy español, español, español!»**
Bueno…
Cada uno tiene su sistema de desfogarse.
Y quién soy yo para juzgarlo.
Aunque, puestos a sincerarnos, tengo que decir que yo no me siento especialmente orgulloso de ser español.
Y todavía os lo voy a poner peor.
Ni siquiera me siento particularmente orgulloso de ser humano.
Ya sé que esto puede sonar un poco salvaje, pero tampoco digáis que no tiene su gracia.
De hecho, cada vez entiendo mejor aquella maravillosa frase de la Mari:
**«Cuanta más gente conozco, más quiero a mi perro.»**
No me digáis que no hay una cierta sabiduría filosófica escondida ahí.
Y estoy bastante seguro de que más de uno de los que está leyendo estas líneas, después de reflexionarlo durante unos segundos, estará pensando:
«Pues mira, en eso la Mari no va desencaminada.»
La vida tiene sus desencantos, como todos sabemos.
Y también tiene sus alegrías.
Cada uno encuentra las suyas donde puede.
Yo, por ejemplo, una de mis mayores alegrías en esta vida fue descubrir las **casas derivadas**.
Y aquí es donde algunos pensarán que definitivamente he perdido el norte.
Pero no.
Las casas derivadas son algo extraordinario.
Me permiten, con el permiso de otros astrólogos que opinan de manera diferente —y si no me dan su permiso, mejor todavía—, observar en una carta natal no solamente al individuo que tenemos directamente representado, sino también a su madre, a su cuñado, a su marido, a sus hijos y a toda una colección de personajes que, aparentemente, no deberían estar ahí.
Y eso, amigos, tiene su encanto.
Porque uno mira una carta natal y piensa que allí solamente está la persona que ha venido a consulta.
Pero no.
Aquello es prácticamente una comunidad de vecinos.
Solo hay que saber dónde mirar.
Las casas derivadas son, para explicarlo de una manera muy sencilla, una especie de sistema de navegación dentro de la carta natal que nos permite tomar una determinada casa como punto de partida y, desde ella, localizar a otras personas o asuntos relacionados con el individuo.
Una auténtica navaja suiza astrológica.
Una herramienta aparentemente sencilla, pero con una cantidad de funciones que puede llegar a resultar sorprendente.
Y aquí aparecen los hijos.
¡Dios mío, qué tema este de los hijos!
Es un asunto que siempre me ha interesado muchísimo.
No preocupado, porque hace ya bastantes años decidí no participar personalmente en aquella famosa invitación de los dioses que viene a decir algo así como:
«Creced, multiplicaos y, de paso, hacedle un favor a Hacienda y a todos vuestros congéneres.»
No estoy de acuerdo ni con unos ni con otros.
Pero a estas alturas ya sabéis que soy un tipo extraño y, por tanto, tampoco hay demasiadas cosas que puedan sorprenderme.
Lo curioso es que, aunque decidí hace mucho tiempo no tener hijos, el mundo de los hijos me ha interesado enormemente.
Y después de algo más de cuarenta años atendiendo consultas, como podéis imaginar, he tenido la oportunidad de conocer a muchísimos de ellos.
He visto cómo los ven sus padres.
He visto cómo se ven ellos mismos.
He visto cómo los describen.
Y también he visto, en no pocas ocasiones, la enorme distancia que puede existir entre una cosa y otra.
Por eso sigo considerando las casas derivadas una de las mayores alegrías que me ha proporcionado esta encarnación.
A muchos les sorprende que mediante una carta natal podamos hablar de personas que, aparentemente, no están representadas directamente en ella.
Pero en realidad es relativamente sencillo.
Bueno… relativamente sencillo después de cuarenta años de práctica.
Porque una cosa es descubrir que las casas derivadas existen y otra muy diferente es saber utilizarlas sin acabar haciendo una tortilla astrológica.
Y aquí llegamos a una cuestión que siempre me ha hecho mucha gracia.
**Todos los hijos hemos sido hijos.**
Todos.
No hay excepción.
Podemos opinar sobre el presidente del Gobierno, aunque difícilmente lleguemos algún día a serlo.
Podemos opinar sobre economía, sobre política, sobre fútbol, sobre religión, sobre astrología, sobre cómo debería funcionar el mundo y hasta sobre cómo deberían educar los demás a sus hijos.
Para eso los seres humanos tenemos una capacidad extraordinaria.
Podemos opinar de prácticamente cualquier cosa sin haber tenido una experiencia real y personal de aquello sobre lo que estamos opinando.
Y esto se vuelve especialmente curioso cuando hablamos de nuestros propios padres.
Porque todos los hijos tenemos una visión de nuestros padres.
Todos.
Y esa visión comienza a construirse en unas condiciones bastante peculiares.
Cuando un hijo empieza a tener ideas propias, a formar una imagen de su padre o de su madre y a sacar sus primeras conclusiones sobre ellos, sus padres ya llevan muchos años recorriendo este planeta.
Han sido niños.
Han sido adolescentes.
Han tenido sus primeras experiencias.
Han cometido sus errores.
Han tenido sus amores, sus desengaños, sus miedos, sus ilusiones, sus estupideces y, finalmente, han tenido la osadía de convertirse en padres.
Y entonces llegamos nosotros.
El hijo observa solamente la última parte de la película.
No ha visto las temporadas anteriores.
Y, sin embargo, rápidamente empieza a sacar conclusiones sobre el personaje.
Aquí tenemos un pequeño problema.
La información está sesgada desde el principio.
No necesariamente es falsa.
Pero sí es extraordinariamente incompleta.
Imaginemos que las primeras conclusiones que nosotros sacamos sobre los personajes que tenemos más cerca son, si no erróneas, muy, muy incompletas.
Porque el personaje que estamos juzgando es precisamente aquel que nos da de comer, nos compra los zapatos, nos lleva al colegio, nos dice que nos lavemos los dientes y, cuando llega determinada edad, nos pregunta dónde demonios vamos a estas horas.
Es decir, el objeto de nuestro análisis tiene además la desagradable costumbre de ejercer de autoridad.
Así que el hijo construye una imagen de sus padres a partir de una experiencia necesariamente parcial.
Y esto, amigos, lo he visto muchas veces.
Muchísimas.
Tantas que puede convertirse perfectamente en una cuestión digna de análisis astrológico.
Y, de hecho, lo he hecho en repetidas ocasiones.
Porque aquí opinamos todos.
Opinamos sobre nuestros padres sin conocerlos realmente en el sentido más amplio de la palabra.
Y no contentos con eso, osamos hablar y sentar cátedra sobre muchísimos temas, cuando no sobre todos, utilizando exactamente el mismo procedimiento.
Vemos una parte.
Construimos una conclusión.
Y después defendemos la conclusión como si hubiéramos estado presentes cuando comenzó el universo.
Yo mismo experimenté todo esto con mi madre durante años.
Mi madre era una persona bastante atípica.
¿Que tenía alguna peculiaridad?
Sí.
El divino karma tuvo a bien otorgarle un **Sol en Escorpio y un Ascendente en Escorpio**.
Algo bastante potente si no has desayunado suficientemente fuerte para afrontar la encarnación.
Así que pasan los años y el divino Zeus tiene a bien encaminarme hacia este extraño asunto de la astrología.
Y cuando ya llevaba algún tiempo metido en este rollo, se me ocurre una idea aparentemente inocente:
**levantar la carta natal de mi madre.**
Y aquí empezó el problema.
Observo su casa 5.
Y allí veo un **Urano**.
No está mal aspectado.
Eso es cierto.
Pero no deja de ser Urano.
Y entonces tengo una revelación.
Una de esas revelaciones que a uno le cambian la vida.
Digo:
**«Ahora sí entiendo. Esta mujer está loca.»**
Claro.
¿A qué mujer se le ocurre tener un Urano en casa 5?
Aquello era evidente.
No había más que pensar.
Yo estaba aplicando, por supuesto, toda la profundidad de mis conocimientos astrológicos.
Hasta que me di cuenta de algo bastante más incómodo.
Quizá aquella interpretación no decía solamente algo sobre mi madre.
Quizá también decía algo sobre mí.
Porque resulta que el señor Urano estaba tranquilamente instalado en la casa de los hijos.
Y yo era uno de ellos.
Así que, de repente, la carta dejó de ser una herramienta para juzgar a mi madre y empezó a convertirse en un espejo.
Y eso ya es bastante menos divertido.
Bueno…
No mucho menos divertido.
Porque si uno tiene suficiente sentido del humor, incluso puede reírse de sí mismo.
Y ahí está precisamente una de las cosas que más me han fascinado de las casas derivadas.
Nos permiten cambiar de perspectiva.
Nos obligan, en cierta manera, a salir de nuestra posición de protagonista absoluto y mirar la historia desde otro lugar.
El hijo puede dejar de ser solamente «el hijo».
La madre puede dejar de ser solamente «mi madre».
Y el padre puede dejar de ser ese señor que llevaba razón algunas veces, se equivocaba otras y, para desgracia del hijo, tenía la costumbre de recordarle que él ya había vivido aquello antes.
Porque nuestros padres fueron personas antes de ser nuestros padres.
Esto parece una obviedad.
Pero no siempre lo vivimos como tal.
Para un niño, su padre es su padre.
Su madre es su madre.
Son casi personajes mitológicos.
Seres que parecen haber existido siempre en esa función.
Nadie imagina a su madre con dieciséis años.
Nadie imagina fácilmente a su padre teniendo veinte y tantos, cometiendo las mismas estupideces que probablemente cometemos nosotros.
Y mucho menos imaginamos que nuestros padres tuvieron una vida antes de que nosotros apareciéramos para reorganizarles completamente la agenda.
Por eso, cuando observo una carta natal desde esta perspectiva, me parece fascinante comprobar cómo podemos empezar a reconstruir partes de una historia que el hijo nunca pudo conocer directamente.
Y ahí es donde la astrología, si sabemos utilizarla con cierta prudencia y bastante experiencia, puede convertirse en una herramienta extraordinariamente interesante.
No para dictar sentencia.
No para decir:
«Tu madre es esto.»
O:
«Tu padre es aquello.»
Eso sería demasiado fácil.
Y, además, bastante aburrido.
La gracia está precisamente en comprender que **cada persona que aparece en nuestra vida tiene una historia que comenzó mucho antes de que nosotros llegáramos**.
Y los hijos, especialmente, tenemos una tendencia extraordinaria a olvidarlo.
Quizá porque nos pasamos los primeros años de nuestra vida convencidos de que nuestros padres existen exclusivamente para atender nuestras necesidades.
Y los padres, por su parte, tienen la extraña costumbre de confirmar esa teoría.
Hasta que un buen día el niño crece.
Y entonces empieza la segunda parte de la historia.
El hijo comienza a juzgar.
El padre comienza a justificarse.
La madre comienza a decir:
«Ya te lo decía yo.»
Y el astrólogo, mientras tanto, abre la carta.
Y sonríe.
Porque sabe que todavía queda mucho por descubrir.
Observatorio Tesalia.
Astrología desde la investigación y el pensamiento crítico.
