
Hay momentos en los que el cielo parece establecer una pausa.
No exactamente un vacío, sino un intervalo. Un espacio entre lo que todavía somos y aquello que comienza a emerger. Un tiempo en el que las certezas habituales pierden consistencia y algunas preguntas, que llevaban tiempo esperando, empiezan a hacerse inevitables.
Entre el eclipse solar de Leo del 12 de agosto y el eclipse lunar de Piscis del 28 de agosto de 2026 encontramos precisamente uno de esos intervalos.
Podríamos llamarlo, utilizando un lenguaje deliberadamente simbólico, un portal.
No porque se haya abierto literalmente una puerta invisible en algún lugar del espacio, ni porque el universo esté enviándonos una energía especial que podamos medir. El término portal pertenece aquí al lenguaje de los símbolos: describe un umbral, un tránsito entre dos estados de conciencia.
Y quizá eso sea lo verdaderamente interesante.
La puerta de Leo
El 12 de agosto tuvo lugar un eclipse solar total en Leo. Astronómicamente fue un acontecimiento extraordinario: la sombra de la Luna atravesó, entre otros territorios, buena parte de España.
Astrológicamente, sin embargo, podemos mirar ese fenómeno desde otro lugar.
Leo habla de la identidad, de la voluntad de expresarnos, de nuestra capacidad para crear, para ocupar un espacio y para reconocer aquello que, dentro de nosotros, necesita manifestarse.
El Sol es además el centro simbólico de nuestra conciencia.
Por eso un eclipse solar en Leo puede plantearnos una pregunta sencilla y, al mismo tiempo, incómoda:
¿Quién estoy siendo y quién necesito llegar a ser?
No necesariamente significa comenzar una nueva vida, cambiar de trabajo, terminar una relación o tomar una decisión espectacular.
A veces el cambio es mucho más silencioso.
Puede consistir simplemente en dejar de interpretar un personaje que ya no nos representa.
En comprender que determinadas formas de actuar pertenecieron a una etapa anterior.
En descubrir que llevamos demasiado tiempo intentando ser aquello que los demás esperaban de nosotros.
El eclipse puede funcionar entonces como una interrupción simbólica de la luz habitual del Sol.
Durante unos instantes, aquello que normalmente vemos con claridad queda oscurecido.
Y precisamente porque se oscurece, podemos empezar a mirar de otra manera.
Dieciséis días después: Piscis
El 28 de agosto llega el segundo acontecimiento de esta secuencia: un eclipse lunar parcial en Piscis, con la Luna alrededor de los 4°54′ del signo, frente al Sol en Virgo.
Y aquí cambia completamente el lenguaje.
Si Leo pregunta qué queremos expresar, Piscis pregunta qué necesitamos soltar.
Si Leo habla de afirmación, Piscis habla de disolución.
Si Leo dice «yo», Piscis recuerda que el yo también tiene límites y que, en determinados momentos, necesita dejar caer las fronteras que ha construido alrededor de sí mismo.
Por eso los dos eclipses pueden contemplarse como las dos caras de un mismo proceso.
Primero aparece una posibilidad.
Después aparece aquello que ya no puede acompañarla.
Una puerta se abre en Leo.
Y para atravesarla, algo tiene que quedar atrás en Piscis.
El verdadero significado del portal
Quizá por eso la expresión portal resulta tan sugerente.
Un portal no es un lugar donde uno permanece.
Es un lugar por el que se pasa.
Y el período comprendido entre estos dos eclipses tiene precisamente esa naturaleza: no parece pedirnos respuestas inmediatas, sino permitir que algo se transforme antes de que sepamos exactamente en qué se está convirtiendo.
Hay una tentación muy contemporánea de convertir cualquier acontecimiento astrológico en una lista de deseos:
«Manifiesta esto.»
«Atrae aquello.»
«Aprovecha la energía.»
«Declara tus intenciones.»
Pero quizá los eclipses funcionen de una manera bastante más profunda.
Un eclipse no añade necesariamente algo a nuestra vida.
También puede quitar luz sobre aquello que creíamos tener perfectamente claro.
Y eso puede ser mucho más interesante.
Porque cuando desaparece momentáneamente la luz conocida, aparece la posibilidad de descubrir aquello que permanecía oculto.
Psicología: volver al alma
Aquí es donde podemos recuperar una palabra que, con el paso del tiempo, ha adquirido un significado mucho más restringido: psicología.
La palabra procede del griego psyché y logos. Tradicionalmente podemos entenderla como estudio o conocimiento de la psique, de aquello que llamamos alma.
Y quizá convenga recuperar, al menos simbólicamente, ese significado más amplio.
Cuando hablamos aquí del alma no necesitamos imaginar necesariamente una entidad sobrenatural separada del cuerpo.
Podemos entenderla como ese territorio interior del que emergen nuestra estructura mental, nuestra vida emocional, nuestra voluntad, nuestros deseos y, finalmente, nuestra manera de relacionarnos con el mundo físico.
En otras palabras: aquello que somos antes de convertirlo en palabras, decisiones y actos.
Desde esta perspectiva, la astrología puede recuperar una función antigua y, al mismo tiempo, profundamente contemporánea: servir como lenguaje simbólico para observarnos.
No para escapar de la realidad.
Para comprenderla mejor.
No para sustituir nuestro criterio.
Para ampliar la mirada con la que observamos nuestra propia experiencia.
Leo nos devuelve al centro
El primer eclipse nos lleva hacia el Sol.
Hacia el centro.
Hacia esa parte de nosotros que quiere vivir, crear, expresar y reconocerse.
Pero existe una diferencia fundamental entre tener un centro y creerse el centro del universo.
Leo, en su expresión más consciente, no habla simplemente de protagonismo.
Habla de autenticidad.
De permitir que aquello que somos encuentre una forma de expresión.
Por eso este eclipse puede plantear una cuestión muy concreta:
¿Qué parte de mí necesita volver a ocupar su lugar?
Quizá sea una vocación.
Una relación.
Una capacidad creativa.
Una manera diferente de vivir.
O simplemente el derecho a dejar de pedir permiso para ser quien uno es.
Piscis nos enseña a soltar
Pero dieciséis días después aparece Piscis.
Y Piscis introduce una enseñanza diferente.
No todo puede conservarse.
Hay identidades que se han quedado pequeñas.
Hay recuerdos que siguen ocupando espacio aunque ya no tengan una función.
Hay heridas que terminamos convirtiendo en parte de nuestra identidad.
Hay expectativas que continuamos alimentando porque nos cuesta aceptar que aquello que deseábamos ya no existe.
Piscis conoce la disolución.
Y la disolución no siempre es una derrota.
A veces es una liberación.
El agua no destruye necesariamente aquello que toca.
También puede devolverlo a un estado diferente.
Por eso el eclipse lunar de Piscis puede representar simbólicamente un momento de reconocimiento:
esto ya no soy yo.
Y quizá esa frase sea mucho más poderosa que cualquier afirmación positiva.
El intervalo es lo importante
Entre ambos eclipses existe, por tanto, un territorio intermedio.
No estamos completamente en Leo.
Todavía no hemos llegado a Piscis.
Estamos atravesando el espacio que los separa.
Y quizá sea precisamente ahí donde se encuentre el verdadero significado del llamado «portal».
Porque los cambios importantes de nuestra vida rara vez suceden en un instante.
Primero aparece una sensación.
Después una duda.
Más tarde una incomodidad.
Luego una comprensión.
Y finalmente llega la decisión.
El cielo no tiene por qué obligarnos a nada.
Pero puede proporcionarnos un extraordinario lenguaje para observar esos procesos.
Atravesar el portal
Quizá este período no sea el mejor momento para correr.
Quizá sea mejor observar.
Preguntarnos qué está naciendo en nosotros y, al mismo tiempo, qué estamos preparados para dejar morir.
¿Qué parte de nuestra identidad necesita recuperar el Sol?
¿Qué parte de nuestra historia necesita descansar?
¿Qué deseo sigue vivo?
¿Qué deseo mantenemos artificialmente con vida?
¿Qué estamos intentando conservar por miedo?
¿Y qué podría suceder si dejáramos de resistirnos a la transformación?
Entre Leo y Piscis existe una enseñanza sencilla:
para comenzar algo nuevo no siempre necesitamos añadir algo a nuestra vida.
A veces necesitamos quitar.
Quitar ruido.
Quitar miedo.
Quitar expectativas.
Quitar viejas definiciones de nosotros mismos.
Hasta que finalmente aparece algo que estaba allí desde el principio.
Nosotros.
Quizá eso sea, después de todo, atravesar un portal.
No entrar en otro mundo.
Entrar de otra manera en el mundo que ya habitamos.
Y si la astrología puede ayudarnos a hacerlo, no será porque los astros decidan nuestro destino, sino porque, al contemplarlos, encontramos un espejo simbólico en el que observar nuestra propia transformación.


Un lujo leerte, hacerse las preguntas que propones y observar pacientemente. Las respuestas llegarán. No en forma de datos, creo yo, sino como un profundo sentimiento. Gracias Bernardo, seguimos. Abrazos.
Gracias Clara por tus palabras, y así llegan las cosas, si. Un saludo.